La picazuro

Como todas las mañanas, se asoma con miedo, la Picazuro.
Desde la cornisa vigila y mueve de un lado a otro su cuello de escamas rosas y verde tornasolado.
Sabe que acá abajo la esperan acostadas deliciosas semillas, pero también un gato perezoso y salvaje, un par de perras torpes y yo, su mayor amenaza. Lo que ella no sabe es que durante las mañanas cierro el ventanal para que los animales no la espanten y que soy yo quien desparrama esas semillas con la pura intención de alimentarla.
Ya van tres días que a pesar de quedarme quieta, igualmente no logro que baje, y a su comida la veo caminar en filas serpenteantes por el pasto, en la espalda de las hormigas.
Todas las mañanas, mientras escribo, espero el eco de su aleteo y las menos de las veces, su canto. Me gustaría poder decirle en su idioma que nunca la lastimaría, pero tampoco creo que la cuestión se deba solamente a una interferencia en el lenguaje.
A mi también me pasa como a la Picazuro, que mucho de lo que temo está más cerca de abrazarme que de matarme.

Texto e ilustración: Airam

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